Esta es la frontera, tal como la describe hoy la investigación, y el criterio con el que diseñamos nuestro material.
Lo que sí: transferencia cercana
Cuando un niño practica una tarea, mejora en esa tarea. A eso se le llama transferencia cercana, y está fuera de discusión: quien practica de forma sostenida un tipo de problema acaba resolviéndolo mejor y más rápido. Cuando ese problema es de naturaleza geométrica, lo que mejora es su razonamiento espacial: la capacidad de imaginar, rotar y componer figuras en la cabeza antes de escribirlas.
No es una habilidad menor. El razonamiento espacial es el mejor predictor conocido de rendimiento en matemáticas y ciencias, y a diferencia de otras habilidades, se puede entrenar con lápiz, papel y un tablero.
Lo que no: transferencia lejana
La transferencia lejana es la otra promesa: que esa práctica mejore algo distinto —la atención en clase de sociales, las notas, la memoria en general—. Es la que vende el sector entero, y es la que la investigación no sostiene.
Owen y colaboradores publicaron en Nature en 2010 un ensayo de seis semanas con 11.430 participantes, hecho junto a la BBC: los participantes mejoraron en todas las tareas entrenadas y en ninguna de las no entrenadas, ni siquiera en las cognitivamente parecidas. Seis años después, Simons y colaboradores revisaron más de 130 estudios de entrenamiento cognitivo en Psychological Science in the Public Interest (2016) y concluyeron lo mismo: no hay un cuerpo sólido de evidencia de que estos programas produzcan efectos más allá de mejorar en el propio juego.
El dato decisivo viene del propio ajedrez
Chase y Simon (1973) comprobaron que los maestros de ajedrez recuerdan posiciones de partida unas tres veces mejor que un jugador de club. Pero si las mismas piezas se colocan al azar, esa ventaja se desploma: apenas recuerdan vez y media más.
Es decir: el maestro no tiene mejor memoria. Tiene mejor memoria de ajedrez —reconoce configuraciones que ha visto miles de veces—, y en cuanto el tablero deja de tener sentido ajedrecístico, la ventaja casi desaparece. Si después de miles de horas de tablero una habilidad tan básica como recordar posiciones no sale del tablero, conviene desconfiar de cualquier material que prometa exportar la concentración a la clase de matemáticas.
Un precedente que conviene conocer
En enero de 2016 la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos cerró un acuerdo con Lumos Labs, la empresa de Lumosity: 2 millones de dólares, sobre una sentencia de 50 millones que quedó suspendida por su situación financiera. El cargo era publicidad engañosa: había afirmado que sus juegos mejoraban el desempeño en el trabajo y en la escuela y que retrasaban el deterioro cognitivo, sin haberlo demostrado. No la sancionaron por mentir en un dato concreto, sino por crear una expectativa que su evidencia no sostenía. El acuerdo la obliga además a hacer ensayos clínicos con personas antes de volver a afirmar nada parecido.
Por eso preferimos hablar de lo que se puede comprobar abriendo el material: la geometría, la lógica espacial y el plano cartesiano sobre el que el niño ejecuta cada reto. Cada día pulimos nuestro desarrollo para que lo que decimos y lo que ocurre en pantalla sean exactamente lo mismo.
Qué afirmamos, entonces
- Que el contenido matemático es real y tiene nombre técnico. Cada actividad corresponde a contenidos de geometría que un docente puede ubicar en su plan de área y decir en qué unidad encaja. El ajedrez es el vehículo; la matemática es el contenido.
- Que la actividad está construida para sostener la atención de quien la hace, con decisiones de diseño tomadas expresamente para ello. Es una afirmación sobre el material, no sobre el niño, y cualquiera la verifica abriéndolo.
- Que medimos antes de prometer. Cuando tengamos datos propios con grupo de control, publicaremos la metodología junto con el resultado, salga como salga.
Cómo leer cualquier material educativo
El padre o el docente que sospecha de las promesas grandes tiene razón en sospechar. La pregunta útil ante cualquier material no es qué promete, sino qué contenido trae y cómo está diseñado: eso se comprueba abriéndolo, y no hace falta creerle a nadie.
Preferimos que nos elijan por lo que hay —matemáticas de verdad, en un formato que los niños terminan— antes que por una promesa que no podríamos defender si alguien la examinara.